brujara

Mira, mija, no estés chingando ¿sí?, uno ya no le hace a eso de los menjurjes del amor y ve, andas pidiendo lo imposible. Checa, hace doscientos años, mi mamá y yo éramos las brujas más queridas de todo new Orleáns, así como la ves. Tenía en ese entonces un cuerpo de quinceañera, sí, así me veía aunque ya tuviera unos setenta años. Si hubiera dicho mi edad te juro que nadie me hubiera creído ni si quiera el bueno de Horacio, ah, cómo lo quería un chingo. Lo conocí en una fiesta, su padre había organizado un festival para celebrar Halloween y yo fui. Él tenía unos diecisiete, che morrito, cómo me encantaban sus ojos azulosos y su voz ronca de tanto cigarro que se echaba, su padre era tabacalero.

Me llevó mi madre, que parecía de treinta pero tenía trescientos años. Yo estaba solita en una silla y que me saca a bailar. Después me invitó un trago en el patio de la casa, le guste un reteharto. Ese día me tomó de las manos y me prometió que se casaría conmigo. Sí que estaba rependeja. Yo le creía. Estuvimos saliendo unas semanas, antes de la quema de brujas.

Hace poco conocí un documentalista que disque me vino a ver para preguntarme cómo sobreviví a la quema de Salem, tsss que le digo, mira carnal no sólo en Salem, sino en todo el país se quemaron brujas. Tenía una tía en New York que le cortaron la cabeza por dar ungüentos para curar los achaques de la vejez. ¿No te parece injusto eso? Total, y ahora vienes a pedirme disque una bebida de amor, chale. Bueno te cuento, que estaba en New Orleans, bien New enamorada, ja. Pues un día que se enteran los cristianos de buen corazón que había brujas entre ellos, y bien azotados que se ponen a rezar, otros que disque querían colgarlas o exorcizarlas. Se enteraron porque una dama de unos respetables cuarenta años no le funcionó una crema antijvejez. Chale, se la hizo mi mamá y le dio las instrucciones, pero a mí se me hace que la señora ya no tenía compostura, había tenido cuatro maridos y ocho chamacos, tampoco que no chingue, al chile. Eso de las brujas era sabido por la comunidad, era un secreto a voces, porque no hacíamos el mal, puro bien lo juro. Hacíamos encantamientos para que la cosecha saliera retebonita, colocábamos guardianes en las casas de los recién nacidos, incluso pusimos efigies para que en tiempos de lluvia los diques no cedieran. Éramos retebuena onda.

Pues que todo se junta, llegaron noticias de que en Salem quemaron unas brujas mata niños porque se comían su carne, ahí perdí a una tía y  mi abuela, pobre viejecita, y luego que acá nosotras éramos unas estafadoras. Pues que vienen a buscar a mi madre con antorchas y azadones. Nosotras estábamos tomando en el patio el té y que vemos unas llamas andantes por el camino, no pues que chido, me dije, pero cuando vi que eran unos feligreses, nos sacamos de onda. Lo que más me dolió fue ver a Horacio ahí adelantito de la turba.

Ah qué cosas, antes de eso, recuerdo que después de la fiesta fuimos al río a pescar y a algo más ya sabes, unos besos. Aunque ya se acercaba invierno todavía hacía un clima agradable en las noches. Fuimos desde temprano al río. Él me llevo un almuerzo exquisito. Comimos moras, uvas y un queso de cabra encantador. Ahí me contó de su vida y sus sueños mientras tomaba mi mano. Él me preguntó que a qué se dedicaba mi madre, yo le dije que era curandera, su padre además de tabacalero era amigo cercano al pastor, muy cristiano el tipo. Después de almorzar y platicar nos quitamos los zapatos y nos sentamos a la orilla del río. Puse mis pies en el agua, era agradable sentir la corriente fría entre mis dedos. En eso que toma mi mano, me acerca a él y que me da un beso, así con los labios apretados como cuando uno le da asco probar algo, pero ya luego abrimos la boca y probé su lengua. Su mano estaba cálida. Sentía que cuando lo besaba bebía agua de un manantial. Entonces le pregunté, estaba reteenamorada y retependeja, cuántos años me calculas. Pues que me dice, dieciséis. Me reí y le dije la verdad, tenía setenta años, mi madre era bruja y yo también. Me dijo que confiara en él que me amaba y que nunca me traicionaría. A la semana que vemos la turba con las antorchas, corrimos para dentro de la casa.

Tocaron la puerta, hasta eso los modales siempre. Salimos y que la señora del ungüento se empezó a quejar, luego la gente empezó a desvariar, que unos habían visto a mi madre volar en una escoba, otros que un gato era nuestro espía, otros que ella tenía embrujado al de la carnicería porque siempre le daba la mejor carne. No, pues se armó la gorda. Nos abrazamos. Sólo nos teníamos nosotras y la amaba un chingo a mi madre. Yo miraba a Horacio a ver si decía algo o nos defendía pero nada, no podía voltear a verme y tampoco me iba a defender. Chale, se me hizo trizas el corazón, sentí bien culero.

El pastor salió de entre la muchedumbre oscura, las antorchas iluminaban sus rostros. La gente lo miró atentamente y esperaron su veredicto. “Quémenlas”, dijo. La gente se emocionó como animales, mi mamá empezó a gritar y decir que su hija no era bruja, que ella era normal. Nadie la escuchó, la arrancaron de mi lado y que se la llevan al río. Ahí tenían una hoguera lista para nosotras dos: dos estacas altas y gruesas. Entonces que suben a mi madre, obvio yo gritaba y lloraba y les suplicaba. Che, ogetes. Entonces que mi madre les dice que yo era adoptada que tuvieran clemencia por Dios. Dijo que me recogió de la calle cuando vino a vivir acá, achís, hasta yo me la creí. Era un mar de lágrimas cuando vi que la subieron y la amarraron, y ella que me dice, “te amo hija”. Entonces que me jala la muchedumbre. Pero de repente, fíjate que culeros son los hombres, que Horacio dice, “Sofía también es una bruja”. Hijo de su puta madre, perdone, pero en serio, su padre hasta le agarró los hombros como diciendo “bien cabrón, bien hecho”. No pues que mi madre se emputa. Nosotras teníamos un hechizo de emergencia para culeradas de este tipo. Mi madre que empieza a recitar el hechizo mientras me subían. Cuando me tenían ahí bien amarrada, que termina y que una esfera de luz sale del agua. Todos se quedaron bien apendejados, mi madre se voltea y me dice no confíes en los hombres y me dice adiós, la esfera me envuelve y pues que salgo disparada al sur. Y aquí estoy, cómo ves morra. Por eso no puedo hacerte el toloche que pides, además para qué lo quieres: para terminar panzona y hastiada de la puta vida. Mira, mejor llévate este ungüento, póntelo cada que haya luna llena y verás que podrás tener al hombre que quieras sin compromiso. Lo bueno que acá todos andan en su pedo y no en pendejadas. Bueno, pues ya llégale que quiero descansar.