La Ilustración fue un proceso histórico que desacralizo al universo. Ya no hay concepto alguno que dé sentido de totalidad a la existencia. Los conceptos de Dios, Verdad, Justicia perdieron su brillo dejando de ser valores universales. El conocimiento que propone la ilustración debe fundarse en el testimonio de nuestros sentidos. Todo lo que no tuviera relación a éstos o pudiera ser verificable, se juzgaba de supersticioso o pseudoproblema. Los conceptos inmateriales de Dios, alma, libertad, y sus derivados lo bueno, lo justo y lo bello en sí, fueron desplazados a cuestiones lingüísticas. La idea de Dios como ser infinito y perfecto, se originó al negar lo finito por medio del prefijo in, e imaginarse que hay algo infinito, que sustenta a este mundo y que es más perfecto que esta realidad corruptible. Estos conceptos se fundaban en el uso inadecuado del lenguaje o una serie de silogismos de la razón que no tenían asidero fijo. No hay diferencia entre las elucubraciones de un loco y los silogismos de cualquier hombre al no haber más referencia que el pensamiento abstracto mismo.

La Ilustración desterró todo conocimiento huero de la razón humana. Este proceso histórico Horkheimer y Adorno lo llaman de desencantamiento:

  La Ilustración, en el más amplio sentido de pensamiento en continuo progreso, ha perseguido desde siempre el objetivo de liberar a los hombres del miedo y constituirlos en señores. Pero la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una triunfal calamidad. El programa de la Ilustración era el desencantamiento del mundo. Pretendía disolver los mitos y derrocar la imaginación mediante la ciencia[1].

El conocimiento para la Ilustración se funda en el método científico. Pero sobre todo, ha desterrado la idea de que el mundo en que vivimos es una ilusión, y de que otra realidad más real y superior fundamenta y sustenta a nuestra realidad “ilusoria”. El desencantamiento del mundo o desacralización, pues elimina todo aspecto sacro o místico del mundo, niega que haya una realidad suprema que dé sentido y valor a nuestro mundo. Se desacraliza la idea de que un valor como lo bueno tenga realidad por sí y en sí: no existen los actos buenos o malos por sí mismos. Los conceptos de lo bueno, lo justo, el alma no son conceptos dados de una vez y para siempre, son históricos, sociales y culturales. No hay realidad superior a la que vivimos, así como tampoco hay conceptos que provengan de esa realidad superior.

La desacralización del mundo puede llevarnos a pensar que todo es relativo, pues no hay un punto fijo del cual asirse; pareciera que nuestra realidad se reduce a lo que cada uno quiere, desea o imagina, y que cada cual puede tener su verdad, ya que, al no haber conceptos “universales-unívocos” como un único concepto de bien, todo acto puede ser bueno y malo a la vez. Sin embargo, esto no es así, no porque deje de existir la idea de un valor supremo, deja de haber valorización. El ser humano es un ser que valora, juzga, jerarquiza. Y  hay concepciones que se imponen a nuestro modo de ser y pensar de manera inconsciente. En otras palabras, los conceptos se introyectan imperceptiblemente y los tomamos como valores totales o parciales, pero están y existen sin darnos cuenta de su origen.

Nietzsche en la genealogía de la moral escribe una respuesta al problema de lo relativo de los valores, partiendo del ejemplo de que un ser superior, como Dios, daría sentido y valores en sí:

 

Tanto mi curiosidad como mis sospechas tuvieron que detenerse en el momento preciso ante la pregunta de cuál es realmente el origen de nuestro bien y mal. De hecho, el problema del origen del mal me perseguía ya cuando era un mozalbete de trece años: a él, en una edad en la que se  tiene <mitad juegos de niños, mitad  a Dios en el corazón>, dediqué mi  primer juego literario infantil, mi primer ejercicio de caligrafía filosófica, y,  en lo que respecta a la <solución> del problema llegue entonces, le tributé ese honor a Dios, como es justo, y le hice el  padre del mal[2].

 

Tanto el bien como el mal al proceder de un ser superior, serían conceptos que regirían a nuestro mundo “ilusorio”. No habría discusión sobre el origen y el cómo surgió tal valor, sino investigación sobre cómo este valor se entiende en su perfección y cómo llevarlo a nuestro mundo no perfecto. Pero la ilustración, al quitarle al mundo su origen sagrado, permite repensar el origen de los valores. Éstos ya no procederían de un ser supremo, sino de las relaciones históricas, sociales y culturales de los hombres. Pero cómo se habían fundado estos valores en un principio: ¿Un hombre cualquiera decía esto debe ser así y convencía a los demás por argumentos? No, la argumentación, el diálogo y la democracia, como ideas para el consenso entre los individuos es muy posterior a la fundamentación de los valores morales. Los valores surgieron del dominio de una voluntad sobre otra, y todo valor derivaba del dominio de un hombre sobre otro.

El mundo al no tener un origen divino, y tampoco los conceptos y las relaciones morales de lo bueno y lo malo, éstos debían ser originados de algún otro modo. El negar que hay valores en sí o conceptos que valen por sí mismos y que tienen una realidad absoluta, no niega que haya valores que se sobrepongan y dominen al hombre. Los valores no dependen sólo del deseo o la imaginación, tienen también que ver con relaciones de fuerzas. Nietzsche así como su maestro Schopenhauer, sabían que el mundo no es únicamente razón, sino también voluntad: una fuerza vital e irracional que se desborda en todo ser viviente; tanto así que incluso la razón se deriva de la voluntad, que es voluntad de poder:

 

“La «voluntad», naturalmente, no puede actuar más que sobre la «voluntad» -y no sobre «materias» (no sobre «nervios», por ejemplo -): en suma, hay que atreverse a hacer la hipótesis de que, en todos aquellos lugares donde reconocemos que hay «efectos», una voluntad actúa sobre otra voluntad, – de que todo acontecer mecánico, en la medida en que en él actúa una fuerza, es precisamente una fuerza de la voluntad, un efecto de la voluntad. – Suponiendo, finalmente, que se consiguiese explicar nuestra vida instintiva entera como la ampliación y ramificación de una única forma básica de voluntad, – a saber, de la voluntad de poder, como dice mi tesis -; suponiendo que fuera posible reducir todas las funciones orgánicas a esa voluntad de poder, y que se encontrase en ella también la solución del problema de la procreación y nutrición – es un único problema -, entonces habríamos adquirido el derecho a definir inequívocamente toda fuerza agente como: voluntad de poder. El mundo visto desde dentro, el mundo definido y designado en su «carácter inteligible», – sería cabalmente «voluntad de poder» y nada más”[3].

 

Toda voluntad es una expresión de fuerza o la falta de ésta, puede haber voluntades fuertes o voluntades en extinción y, por lo tanto, débiles. Al no haber punto fijo en los conceptos o en los valores y al no haber verdad que se demuestre a todos por igual, ésta tuvo que imponerse de cierta forma. El origen de los valores no se dio por su realidad metafísica o teológica, sino de las relaciones de poder entre los hombres; surgen de la lucha de opiniones y discursos: los valores se fundaban cuando había un vencedor y éste se erigía como el creador del valor.

En un principio, esas relaciones sociales o humanas eran sólo físicas: una raza de hombres más fuerte dominaba sobre otros hombres más débiles. Las discusiones o disputas verbales para fijar un concepto no tenían existencia, todo se hacía físicamente. Incluso las palabras disputar y debatir  tiene un sentido de batalla aunque sea verbal. Y en el diálogo, aunque parezca que exista igualdad entre los participantes, sucede que hay lucha de fuerzas donde una busca imponerse, el mismo preguntar, argumentar y convencer es la muestra de una lucha dialógica.

He dado a entender con qué podía repeler Sócrates: pero, con razón de más, queda por explicar que fascinó. Que descubrió un nuevo tipo de certamen, que fue el primer maestro de esgrima de él para los círculos nobles de Atenas: esto es lo primero que hay que decir al respecto. Fascinaba tocando la fibra sensible de la pulsión agonal de los helenos, trajo una variante de a la lucha libre entre hombres jóvenes y muchachos. Sócrates era también un gran erótico. 

Volviendo al tema, al comienzo de la historia humana, la imposición de los valores era físico más que argumentativo: el vencedor era el que fundaba los valores, porque sobreponía su voluntad a a la de los otros: 

“¡Digámonos sin miramientos de qué modo ha comenzado hasta ahora en la tierra toda cultura superior! Hombres dotados de una naturaleza todavía natural, bárbaros en todos los sentidos terribles de esta palabra, hombres de presa poseedores todavía de fuerzas de voluntad y de apetitos de poder intactos, lanzáronse sobre razas más débiles, más civilizadas, más pacíficas, tal vez dedicadas al comercio o al pastoreo, o sobre viejas culturas marchitas, en las cuales cabalmente se extinguía la última fuerza vital en brillantes fuegos artificiales de espíritu y de corrupción”.[4]

No había lo bueno en sí o lo malo en sí, sino hombres que dominaban a otros y les obligaban a aceptar ciertos valores, tal como se hacía cuando un pueblo conquistado adoptaba los dioses de los conquistadores. Los amos eran los que valoraban, los esclavos los que obedecían. Nietzsche usa la palabra aristócrata para referirse a los dominantes, porque estos eran los mejores anímicamente, pues los otros ya no tenían fuerza o no la tuvieron para no ser dominados.

La palabra aristocracia que se compone de las partículas aristo, la excelencia, y cracía, gobierno, muestra que una fuerza vital es mejor, no por una cualidad metafísica sino por una cualidad inmanente a su propia fuerza; es decir, una voluntad fuerte y sana buscará mejorarse, superarse, en cambio, una débil sólo sobrevivirá adecuada a su límite, no buscará superarse.

La aristocracia entendida, como la casta que funda lo mejor, no es de un solo tipo, ni tampoco valora de una sola forma; podemos distinguir dos principalmente que se contraponen: la aristocracia guerrera y la aristocracia sacerdotal. La primera es una aristocracia que se impone por la fuerza y sus valores son de vitalidad. La segunda es una aristocracia espiritual, y funda su distinción de valores en la pureza de vivir. La aristocracia sacerdotal jerarquiza a partir de las distinciones y diferencias del espíritu. En cambio, la aristocracia guerrera, a partir de la distinciones que ejerce en su dominio real. Digamos que la diferencia entre ambas radica en que la sacerdotal establece una diferencia metafísica, y la guerrera una diferencia inmanente o vital:

“Los juicios de valor caballeresco-aristocrático tienen como condición previa una poderosa corporalidad, una salud floreciente, rica, incluso desbordante, junto con lo que es la causa de su conservación: la guerra, la aventura, la caza, la danza, los juegos de lucha y en general cuanto implique  un obrar fuerte, libre y con ánimo alegre. El modo de valoración sacerdotalmente noble tiene —ya lo vimos— otros presupuestos”.[5]

Estos presupuestos son:

“El <puro> es, desde el comienzo, meramente un hombre que se lava, que se prohíbe determinados  manjares que acarrean enfermedades de la piel, que no se acuesta con las sucias mujeres del pueblo bajo, que siente repugnancia por la sangre: ¡no más, no mucho más!”[6]

 La aristocracia sacerdotal basa su modo de vivir en distinciones rituales o espirituales: no come ciertos alimentos, realiza ciertas prácticas lavatorias, no se acuesta con mujeres vulgares. En cambio, la aristocracia guerrera marca las distinciones por la fuerza con que actúa y su deseo de actuar así. Para la aristocracia guerrera lo importante no son los ritos sino los actos, ellos no justifican su actuar por medio de ritos o creencias que median la acción y su fin como la casta sacerdotal, sino por acciones propias y directas.

Sin ahondar en las distinciones aristocráticas, y en el desarrollo e importancia que tuvo cada una para la moral posterior(Edad Media, Modernidad), podemos preguntar ¿por qué Nietzsche le interesa tanto esta diferencia? y ¿cómo los valores se fundan a partir de estas aristocracias?

Como ya dijimos al principio, la desacralización del mundo exige una investigación no metafísica de la realidad, sino inmanente, o social-histórica-cultural. La voluntad en el ser humano se racionaliza: se puede explicar y observar su desarrollo consciente o inconsciente. La voluntad no está dirigida de antemano por un Dios o por alguna idea absoluta, surge de sí misma Pero el ser humano, y en especial, el filósofo como ser que puede medir y cuantificar la voluntad, puede comprender su desarrollo o agotamiento. No hay que entender por medir y cuantificar, sólo la científica con instrumentos o medidores, como si tuviéramos una regla que midiese cuánta voluntad hay en alguien, sino la capacidad del pensamiento para observar, analizar y racionalizar los procesos históricos. Por eso mismo, Nietzsche se basa en la historia de la humanidad para mostrar que el origen de los valores no se origina en el decálogo de Moisés o las enseñanzas del antiguo testamento, sino en la lucha de voluntades entre la casta guerrera y la sacerdotal.

Pero ¿Cuál de las dos castas surgió primero? Sin caer en metafísicas de un origen primordial, podemos decir que la casta guerrera, porque es activa, y esta casta genera un valor por su propio actuar. ¿De dónde le surge esta fuerza para generar un valor? De su propia naturaleza de dominio, no hay detrás de ésta algo más. Si no hay valor en sí, y tampoco realidad en sí, superior y más real que la empírica, el valor debe tener una realidad que se imponga por sí misma. La aristocracia guerrera es mejor, no por su esencia sino por su fuerza con que dice sí a sus valores:

“Bien es cierto que en la mayor parte de los casos quizá toman su nombre sencillamente de su superioridad en poder (como <los poderosos>, <los señores>, <los que mandan>), o de la marca más visible de esa superioridad, por ejemplo <los ricos>, <los poseedores> (este es el sentido de arya; y de modo análogo en el iranio y en el eslavo). Pero también de un rasgo típico de su carácter: y este es el caso que aquí nos importa. Se llaman,  por ejemplo, <los veraces>: por delante de toda la nobleza griega, cuyo portavoz es el poeta megárico Teognis”[7].

No se puede fundar un valor, o un concepto que domine el comportamiento del ser humano, por medio de argumentos o silogismos solamente, éstos deben tener vigor. La casta sacerdotal es una casta derivada que funda sus valores no en la acción sino en la reacción, es decir, a partir de transformar los valores de bueno y malo. El  aristócrata-guerrero, dice que esto es bueno porque él lo quiere así y así lo realiza. El aristócrata-sacerdotal, entonces reacciona y niega que lo bueno sea lo que hace el guerrero, lo describe como malo, porque él no puede fundar por sí mismo los valores. El sacerdote distingue como bueno todo lo que contravenga a la casta guerrera, y por lo tanto, es malo lo que hace éste. El sacerdote es una fuerza reactiva que a partir de un valor dado actúa.

La casta sacerdotal es pasiva: ella no impone valores, ni los funda, sino que los modifica o transforma. El origen de los valores no puede provenir de una actitud pasiva que sólo se vuelve activa cuando hay ya un valor fundado; en consecuencia, lo primordial fue un valor activo.

Por eso mismo, los valores no se fundaron en una democracia, porque ésta es mediocre en el sentido de que no se acepta lo mejor, sino lo que la comunidad cree que es mejor, y lo mejor para la comunidad no siempre es un valor activo. Traduciéndolo, muchas voluntades oponiéndose e integrándose para formar una unidad de Estado como en la democracia, contienen a castas sacerdotales, guerreras y castas sin fuerza o débiles ya totalmente; cuando en una democracia se piensa en elegir lo mejor para la comunidad no podemos ver transparentemente si será un valor activo o pasivo-reactivo. Si es activo, buscará mejorarse y superarse; si es pasivo, esperará que algún valor sobresalga y ese valor lo criticará haciéndolo malo, siendo que éste valor puede ser mejor para la comunidad. En la democracia tanto puede mandar el aristos, el mejor, como el vulgus, lo bajo, o lo que niega reactivamente. Así, en una democracia, el poder estaría tanto en manos de una persona mediocre como una aristos. El valor activo tiene la cualidad de ser un valor no rencoroso; el reactivo que todo valor es negativo, haciéndolo perjudicial sin serlo necesariamente.

Como vemos el mundo no se cae a pedazos si no hay Dios o dioses, al contrario, éste se torna demasiado interesante para el estudio de la filosofía. Además, se muestra la importancia de la aristocracia guerrera entendida como la cualidad activa que da valores sin necesidad de un valor supremo. Hay que destacar que la actividad puede estar errada, pero no niega por negar ni tampoco es rencorosa, trayendo consigo el rencor a todo valor, pues, si todo se fundara por reacciones no habría valor alguno que tuviera fuerza para mantenerse a las críticas y negaciones de la reacción. La fuerza de los valores guerreros que se fundaron principio de los tiempos son tan fuertes que la reacción sacerdotal no los ha exterminado; e incluso, la permanencia y dominio de los valores sacerdotales les debe su fuerza de la reacción contra la moral guerrera. Digamos que mientras más claro y pulido sea el espejo de los valores guerreros, más fuerte será el reflejo de los valores sacerdotales. Tampoco puede haber una aniquilación total de los valores de la casta guerrera, porque no tendría sobre que reactivarse la casta sacerdotal; ésta permanecería quieta en sí.

 

Para concluir, diremos que el origen de las castas no es hereditario o monetario, sino inmanente al instinto y fuerza del hombre. La aristocracia como clase política puede contener castas de rencorosos sacerdotes, así como en el pueblo puede haber alguien con la suficiente fuerza para superarse a sí y a los demás en la sociedad. Por lo tanto, la aristocracia como clase social, la burguesía y el proletariado, no tienen su origen en una fuerza inmanente sino en leyes y modos de producción material y explotación de la fuerza de trabajo. Son clases derivadas de fenómenos distintos. Pero esto corresponde a otro tipo de investigación.

[1] Adorno, Theodor. Dialéctica de la ilustración. Editorial Trotta, Madrid, 1998 p.59

[2] Nietzsche, Friedrich. La genealogía de la moral. Editorial Alianza, Madrid, 1996, p. 25

[3] Friedrich, Nietzsche. Más allá del bien y del mal. Editorial Alianza, Madrid, 2005 p.70

[4] Ibíd. 71

[5] Ibíd. P. 50

[6] Ibídem. P. 50

[7] Ibídem p.20

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