Brody

Son 45 pesos del libro, brody. Era de mi biblioteca personal, de cuando estudiaba en el CCH Naucalpan. Ahí tengo más sólo que no los he sacado. Mira, en ese entonces nos hacían leer un chingo, carnal. Te calificaban con participación y disertaciones, pero para ello necesitabas saber, no sólo hablar a lo pendejo. Te cuento que yo fui de la generación del 77, otro pedo. Recuerdo que teníamos una maestra bien chula que nos daba comunicación y nos decía, que a su clase se venía a estudiar no a marihuanearse, ya afuera uno podía ponerse hasta la madre. Uno tenía que estar al tiro.

En ese entonces, compré un buen de libros. Iba con los vendedores y les decía “hazme un descuento, ¿no?” y ellos me preguntaban “¿cuáles te vas a llevar?”, y yo de, “este, ese, aquel y este también”, “ya estás”, me decían y sobres pues. Un libro te costaba 300 o 500 pesos y tenía más ceros la moneda, era todo un lujo.
Antes el sistema era bien pesado, brody. La tira llegaba y te golpeaba, aunque no estuvieras haciendo nada. Llegaban y tras, tras, y luego te decían “¿Cómo te llamas? ¿A qué te dedicas?” y uno decía, “pues por ahí hubiera empezado, no mames”. Te golpeaban y luego preguntaban, tenías que ponerte a las vivas, estar vergas. Cuando te dejaban ir y te decían “Ya váyase joven”, uno se las recordaba: “Gracias, oficial: chingue su madre”, y le hacías güevos sutilmente. “Hola señito, buenas tardes, cuidado donde pisas pequeñito, adiós.”

Por ejemplo, estábamos en la calle y veías a la tira en la otra esquina y tenías que moverte. Era la época del desmadre. En la escuela nos ensañaban lo que era la cultura, entre comillas, y la contracultura. En esa época me uní a unos grupos de protesta. En las reuniones escolares mandábamos a chingar a su madre al sistema pero con bases. Los profes te decían, “pónganse vergas”, y te daban las armas: los libros, la educación. Yo no quería dinero sino conocimiento. Sacaba copias y les decía a mis compañeros “quieren copias, pues cáiganle”, juntaba una lana, compraba el libro y les daba las copias. Sí, o sino luego yo pasaba por los salones veía que habían dejado una mochila y a ver, si traía libros pues los tomaba, y ya luego la colgaba en la cafetería, “aquí la dejo por si vienen por ella”, les decía. Había otros que veían la mochila y decían presta y tomaban todo, pero yo para qué quería plumas, cuadernos, no, lo que yo quería eran libros.

Te digo, lo importante era conocer para mandar a la chingada al sistema. En ese tiempo, y hoy todavía, era que si un poli te molestaba pues le cantabas un tiro. Le decías, “Pues qué, un tiro, tú y yo, así solos, con tu uniforme, no importa, si me madreas chido si yo te madreo no vayas de coñón” Sí, brody, un tiro limpio para ver de qué cueros salen más correas. Porque luego van por refuerzos y ya vienen todos de putos, y eso no es justo. Es lo que falta ahora en México, alguien que sepa dirigir, alguien que se alce y diga tú por acá, tú por allá y tú allá. Que nos pongamos vergas, porque nos están jodiendo los diputados, lo gobernadores, los alcaldes. Es ponernos al tiro, y pues saber que uno puede valer madres, no nada de “es que mi familia”, es levantarse y organizarnos.

Espera, que me están llamando. “Sí, bueno, ajá. Va, ahora voy.” Es mi vieja. Bueno, entonces luego pasas, yo abro como a las once, vienes y te paso otros. El otro día le compré unos como… mil libros a una señorita, que según su tío, creo, es catedrático de la UNAM y se fue a Europa, algo así. Espera, me están llamando de nuevo. “Sí ya, qué no escuchaste bien. Ahora te marco.” Cómo chingan. Ya pues, que la morra me preguntó que si compraba libros y yo pues sí, fui a su cantón y no ma, un chingo de libros: doce cajas bien atascadas armé. Con decirte que cuando las iba a subir al carro unas se desfondaron.

Si es bien bonito leer. De los que me traje encontré el de las Mil y una noches, chulada de libro, brody. Ya ves que la historia va de que al rey lo sanchan y que por odio a su primera esposa se casa con una para luego matarla, y luego vuelve a casarse con otra y la vuelve a matar, hasta que llega esta chava y le pide a su padre que es ayudante del rey que se lo presente para salvar a su hermana que se casará con él. Y ya llega y le empieza a contar historias para que no la maten, ¿no? Y ya al final de tantos cuentos que le cuenta, el rey la deja vivir.

Es bien bonito leer, brody. Volveré a hacerlo como antes ahora que arreglé mis lentes. Al chile, al que le guste chido, y al que no, pues ni modo. Espérame. “Bueno—cómo joden—, sí ya voy”. Bueno nos vemos, brody, que mi vieja me anda esperando.

Un gato muerto

Hace tiempo, cuando tenía doce años, me encontré un gato muerto. Estaba entre dos arbustos, arriba de la acera. Tenía los ojos abiertos y amarrillos. La boca semiabierta y las patas delanteras estiradas. Me sentía muy agitado, era una mañana muy calurosa. Lo moví con mi pie y estaba rígido como de piedra. No sé por qué, pero al verlo ahí entre la tierra y el pasto me dio ganas de recogerlo. Espanté las moscas que le rodeaban y lo cargué. Lo abracé fuertemente y lo llevé a casa.

En cuanto entré se lo enseñé a mi madre. Ella no entendía, me gritó que lo tirara a la calle. Tuve que huir antes de que lo metiera en una bolsa negra.

Regresé al parque con el cuerpo entre mis brazos, me pesaba como una losa. Al llegar, comencé a buscar un claro entre los árboles, para que le diera sombra y luz a su tumba. Cuando encontré el lugar perfecto puse el cuerpo en el suelo. Cavé con mis manos una pequeña fosa. Removí raíces y piedras, y al tenerla lista, lo coloque lentamente en el fondo.
Al ver al gato ahí, hundido en la tierra, quieto, no supe qué hacer. En esa misma semana dejé de creer en dios y no sabía qué decir. Lo mejor que se me ocurrió fue enterrarlo sin discurso, pero no quería. Sentía que algo faltaba. Cogí un puño de tierra y mientras se lo echaba le dije, disculpa a la persona que te haya atropellado. Tomé mas tierra y dije, doy gracias por la buena persona que te levantó de la acera y colocó en el parque. Tomé un poco más y le dije, disculpa a mi madre por haberte tratado como basura. Miré fijamente al cuerpo por bastante tiempo. Sentía que algo me faltaba. Terminé de enterrarlo, emparejé la tierra y dibujé una cruz en la tierra.
De inmediato, regresé a casa. No me había dado cuenta que ya había atardecido. Traía la ropa sucia de pelo, sangre y tierra. Un olor a podredumbre me acompañó todo el camino.

Llegué al anochecer. Al entrar, y cuando mis padres vieron mi ropa sucia y mis manos ensangrentadas me castigaron. Cerré con llave mi cuarto, no quería saber nada. Ese día no pude dormir. Me acosté sin cambiarme y esperé que amaneciera.